Richard Strauss | obras

Obras

Música orquestal

La principal contribución de Strauss a la música sinfónica es a través de sus poemas sinfónicos, género en el que llegó a ser un maestro indiscutible. En este momento, Strauss se declara partidario de los elementos extramusicales, al escribir en 1889:

Nuestro arte es expresivo, y una obra musical que no tenga ningún contenido poético que comunicarme es para mí cualquier cosa menos música. Naturalmente, se trata de un contenido que no pueda ser representado más que con sonidos, y que con palabras sólo pueda ser sugerido.

Su primera contribución al género, la fantasía sinfónica Aus Italien op. 16 (Desde Italia, 1886) representa una transición entre su estilo juvenil y su obra madura,[14]​ y se encuentra a mitad de camino entre una sinfonía de Música programática, al estilo de la Sinfonía fantástica de Berlioz, y el poema sinfónico propiamente dicho.

El primer poema sinfónico compuesto por Strauss fue Macbeth, basado en la obra de Shakespeare, y que tardó en encontrar su forma definitiva, siendo revisado varias veces en 1886 y 1888.

Según se ha escrito, Don Juan (1889), terminado a los 24 años, es la primera obra maestra de Strauss. Su contenido se basa libremente en la versión del mito de Don Juan que hizo el poeta austriaco Nikolaus Lenau.

Muerte y transfiguración (1889), compuesta casi al mismo tiempo que Don Juan, se basa en una idea del propio Strauss: un enfermo recuerda su vida en su lecho de muerte, y cuando la muerte le sobreviene, sus deseos antes no cumplidos son finalmente alcanzados.[14]

Las divertidas travesuras de Till Eulenspiegel (1895) constituye quizá el poema sinfónico más representativo de Strauss, y una obra excelente para conocer su estilo, a medio camino entre el humor y el lirismo. Aunque según su título está compuesto en forma de rondó, los distintos episodios de la vida del héroe picaresco popular Till Eulenspiegel aparecen minuciosamente retratados, para terminar con la ejecución del protagonista y con un último destello humorístico. Strauss no oculta su gran simpatía por el héroe picaresco, en una obra crítica y burlona.

Así habló Zaratustra (1896), es sin duda la obra más conocida de Strauss, al menos por el impactante comienzo que fue utilizado en la película 2001: Una odisea del espacio de Stanley Kubrick. Strauss narra musicalmente de forma libre y fantástica algunos de los pasajes de la obra de Friedrich Nietzsche, en una obra de gran impacto directo. Hay que señalar también la enorme influencia de la música de Strauss, especialmente la de sus poemas sinfónicos, en las futuras bandas sonoras cinematográficas.

Para Don Quijote (1897), su versión de la obra de Cervantes por la que sentía gran admiración, escoge nuevamente una forma clásica, en este caso las Variaciones, utilizando además dos instrumentos solistas: un violonchelo, que representa a Don Quijote y una viola, a Sancho Panza.

En Una vida de héroe (1898), narra las peripecias de un héroe abstracto (el Campo de Batalla del Héroe, la Compañera del Héroe, etc.). Este héroe se ha identificado a veces con el propio Strauss, sin que él pareciera desmentirlo. En esta obra, compuesta para una amplísima orquesta, se acerca a sus óperas más vanguardistas por su audacia armónica.

Richard Strauss (de Emil Orlik, 1916.

Ya en el siglo XX, Strauss compone dos obras más, que aunque tienen el título de sinfonía pueden considerarse igualmente poemas sinfónicos por su contenido extramusical: la Sinfonía Doméstica (1903), donde nuevamente Strauss se retrata a sí mismo, esta vez en su entorno familiar, con una minuciosidad descriptiva que llega a retratar los juegos infantiles, o una disputa y una reconciliación conyugal.[14]​ La Sinfonía alpina (1915), una pieza de descripción de la naturaleza, en este caso de las montañas que forman Los Alpes, en cierta forma al estilo de la Sinfonía Pastoral de Beethoven, aunque con una inmensa orquesta y un gigantesco despliegue de medios.

Después de la Sinfonía alpina Strauss sólo compondrá música orquestal de forma ocasional, y a menudo por razones de encargo. La suite, para la obra de Molière, El burgués gentilhombre (1918) es una obra arcaizante que rememora la época de Luis XIV de Francia y un buen ejemplo de lo que sería el neoclasicismo musical del siglo XX. Otras obras posteriores son el Preludio festivo (1913), el ballet La leyenda de José (1914) o la Música festiva (1940) compuesta para conmemorar el 2600 aniversario del Imperio del Japón.[14]

En sus últimos años, Strauss vuelve al género concertante, que no había cultivado desde su juventud, en una serie de obras compuestas a modo de entretenimiento en sus vacaciones, que no obstante recuperan parte de la emoción de muchas obras anteriores y al mismo tiempo vuelven la mirada hacia atrás con nostalgia, sobre todo al clasicismo de Mozart, como en el Concierto para trompa número 2 (1942), el Concierto para oboe (1945) o el Concertino para clarinete y fagot (1947).

Strauss termina la composición de Metamorfosis en 1945. Se trata una obra para 23 solistas de cuerda, y aunque comparte características con las últimas obras mencionadas, es además un lamento por el desenlace de la Segunda Guerra Mundial y la destrucción de la cultura alemana. La partitura termina con una cita de la Marcha Fúnebre de la Sinfonía número 3 «Heroica» de Beethoven, acompañada por las palabras «In memoriam». Está considerada como una de las últimas obras importantes de la música del romanticismo.

Óperas

Richard Strauss en 1918.

A finales del siglo XIX, Strauss dedicó su atención como compositor a la ópera. Sus primeros dos intentos en el género, Guntram (1894) y Feuersnot (1901) fueron rotundos fracasos. Pero en 1905, Strauss produjo Salomé (basada en el drama de Oscar Wilde) y la reacción fue tan apasionada y extrema, como había sido con Don Juan. Cuando se estrenó en Estados Unidos en la Ópera del Metropolitan, hubo una crítica tan feroz por parte del público que tuvieron que cancelarse las presentaciones posteriores. Indudablemente, muchas de las críticas tenían su origen en el tema escogido, pero también había personas a las que no les agradaba el exceso de disonancias que cargaba la obra, hasta el momento poco escuchadas en el teatro de Nueva York. Sin embargo, la ópera fue exitosa en otras partes, llegando incluso a darle los suficientes ingresos a Strauss para financiarse su casa de Garmisch-Partenkirchen.

La siguiente ópera de Strauss fue Elektra (1909), donde el límite de disonancia llegó un poco más allá. Fue también la primera ópera que resultó de la colaboración del compositor con el libretista y gran autor teatral Hugo von Hofmannsthal. A partir de ese momento, ambos trabajarían juntos en varias ocasiones. Eso sí, en sus siguientes trabajos, Strauss moderó su lenguaje armónico, con el resultado de obras con excelente aceptación por parte del público, como la de «mozartiana» Der Rosenkavalier (1910, con ese poeta y analista de su época. Strauss continuó regularmente la composición de óperas hasta 1930; produciendo así: Ariadne auf Naxos (1912), Die Frau ohne Schatten (1918, que adapta un texto más largo y excelente de Hofmannsthal), Intermezzo (1923), Die ägyptische Helena (1927) y Arabella (1932), todas, menos la penúltima con la colaboración de Hofmannsthal (la última se estrenó cuando ya había este fallecido).

Luego, hasta 1940, hizo Die schweigsame Frau (1934), con libreto de Stefan Zweig; Friedenstag (1936) y Daphne (1937), con textos de Joseph Gregor y Zweig; Die Liebe der Danae (1940), con Joseph Gregor. Su última obra, la ópera sobre las óperas, es Capriccio (1941), con Clemens Krauss.

Canciones

El elevado número de lieder evidencia también que se trata de un compositor que se siente especialmente a gusto en todo lo que sea música descriptiva y dramática (su enorme aportación a la ópera ha merecido un apartado propio). El ciclo más célebre es el que vino a ser su testamento musical, Cuatro últimas canciones (Vier letzte Lieder), que, con textos de poemas de Hermann Hesse y Joseph von Eichendorff, vieron la luz un año antes de la muerte del compositor. Aparte de estos poetas, utilizó en sus canciones textos de otros importantes escritores, como John Henry Mackay.