Racionalismo (arquitectura) | antecedentes

Antecedentes

La arquitectura de principios del siglo XX nació con una voluntad rupturista respecto al pasado, especialmente por oposición al historicismo que se practicaba desde mediados del siglo XIX, un estilo académico basado en premisas clásicas y en la reinterpretación de estilos del pasado: neorrománico, neogótico, neobarroco, etc. Una primera influencia del nuevo movimiento fue la del modernismo —conocido como art nouveau en Francia, Modern Style en Reino Unido, Jugendstil en Alemania o Sezession en Austria—, un estilo que pretendía renovar el lenguaje arquitectónico y que aportó alguna de las premisas iniciales del Movimiento moderno, aunque su excesivo decorativismo fue rechazado por los racionalistas. De este estilo se nutrieron las vanguardias artísticas anteriores a la Primera Guerra Mundial, como el expresionismo y el futurismo, movimientos que en ocasiones han sido calificados como un prerracionalismo. Acabada la contienda mundial y hasta mediados de los años 1920, movimientos como el neoplasticismo (De Stijl), el expresionismo de la Nueva Objetividad o el constructivismo evolucionaron desde esas premisas iniciales hacia un mayor formalismo que ya apuntaba al Estilo internacional, que se fraguó en la Escuela de la Bauhaus y en la fundación en 1928 del CIAM (Congreso Internacional de Arquitectura Moderna).[69]

Torre Eiffel (1889), de Gustave Eiffel, París (Francia)

Conviene señalar en primer lugar como antecedente inmediato del racionalismo la nueva arquitectura practicada en el siglo XIX a partir de los adelantos tecnológicos propiciados por la Revolución Industrial, que se plasmaron en diversas tipologías como la arquitectura en hierro o en cristal y hierro. Cabe tener en cuenta que la nueva era industrial trajo consigo nuevos problemas y planteamientos en los terrenos constructivo y urbanístico, ya que el progreso tanto técnico como económico y social comportó la aparición de nuevas necesidades como estaciones de ferrocarril, puentes y viaductos para los nuevos medios de transporte, cambios en las ciudades a causa de aumentos demográficos que demandaban nuevas infraestructuras y toda una serie de nuevas necesidades a las que tuvo que hacer frente la arquitectura y la ingeniería.[71]

A lo largo del siglo XIX se fue desarrollando una nueva manera de concebir el diseño y la construcción fundamentada estrictamente en la razón y en criterios científicos, que subordinaba la forma del edificio a su función: el funcionalismo, también llamado «racionalismo arquitectónico o estructural». Para esta nueva generación de arquitectos su herramienta principal era la matemática aplicada y su objetivo fundamental el cálculo de las líneas de fuerza en la estructura de un edificio. Entre sus principales representantes se encuentran: Jean-Nicolas-Louis Durand, Henri Labrouste, Gottfried Semper, Augustus Pugin, Eugène-Emmanuel Viollet-le-Duc, Anatole de Baudot y Hendrik Petrus Berlage.[72]

Otra influencia para la arquitectura moderna fue la de William Morris y el movimiento Arts & Crafts (Artes y Oficios), surgido en el Reino Unido hacia 1860 y que perduró hasta 1910. Esta corriente defendía una revalorización del trabajo artesanal y propugnaba el retorno a las formas tradicionales de fabricación; estipulaba que el arte debe ser tan útil como bello, con un ideal de belleza basado en la pureza y la simplicidad. El mayor exponente arquitectónico de este movimiento fue la Red House, la propia casa de Morris, construida en 1859 por Philip Webb en Bexley Heath (Kent), elaborada en ladrillo rojo con un diseño fluido, sin fachadas remarcadas, empleando técnicas tradicionales; Morris diseñó el jardín y la decoración corrió a cargo de Morris, Webb y los artistas prerrafaelitas Dante Gabriel Rossetti y Edward Burne-Jones, en un conjunto que fue catalogado como «obra de arte completa». Otros arquitectos de este movimiento como Charles Rennie Mackintosh, Arthur Heygate Mackmurdo y Charles Francis Annesley Voysey acabaron de sentar las bases programáticas del mismo: diseño supeditado a la función, prevalencia de estilos vernáculos y materiales autóctonos, libertad de estilo e integración del edificio en el paisaje.[73]

Otro de los precedentes del racionalismo fue la llamada Escuela de Chicago, desarrollada en la ciudad estadounidense de Chicago entre 1875 y 1900, y que destacó por ser la impulsora de un nuevo tipo de edificio: el rascacielos. En aquella época, la ciudad crecía a un ritmo vertiginoso gracias a su economía pujante, por lo que las edificaciones debían ser rápidas, motivo por el que los arquitectos adoptaron las técnicas de la ingeniería del hierro. Por otro lado, el proceso especulador del suelo edificable obligó a construir en altura para rentabilizar la inversión —hecho propiciado por la invención del ascensor en 1853—. Así, aparecieron una serie de grandes edificios de estilo funcional construidos por arquitectos como William Le Baron Jenney, Daniel Burnham, John Wellborn Root, William Holabird, Martin Roche, Dankmar Adler y Louis Sullivan.[75]

Nave de turbinas de la empresa AEG (1909), de Peter Behrens, Berlín (Alemania). Está considerada como la primera fábrica moderna y antecedente inmediato del racionalismo

También inició una vía hacia el racionalismo —especialmente el germánico— la Sezession austríaca, la variante local del modernismo. Si bien el modernismo internacional era un movimiento renovador y opuesto al historicismo académico, que apostaba por el diseño integral y la utilización de nuevos materiales y tecnologías, su excesivo decorativismo le alejan de los postulados del racionalismo; sin embargo, la variante austríaca —al igual que la escocesa representada por la Escuela de Glasgow— tenía un componente más geométrico y rectilíneo que sí influyó en la aparición del racionalismo germánico.[78]

En el terreno del urbanismo fueron esenciales para las propuestas racionalistas las teorías de Ebenezer Howard y su idea de ciudad-jardín, un tipo de entidad urbana de zonas residenciales separadas por amplias zonas verdes y comunicadas por grandes avenidas radiales, con un centro neurálgico que aglutinaría los edificios destinados a administración, finanzas, servicios, educación, sanidad, cultura y otros sectores.[79]

Por último, conviene recordar la obra de varios arquitectos que en reacción al excesivo decorativismo del art nouveau desarrollaron en la primera década del siglo XX un estilo más sobrio basado en las formas clásicas pero sin caer en el lenguaje anquilosado del neoclasicismo académico, sino con unas soluciones modernas que apuntaban en buena medida al racionalismo. Este estilo es definido en ocasiones como «clasicismo moderno» o «racionalismo primitivo» y sus mayores representantes fueron: Tony Garnier, Auguste Perret, Adolf Loos y Peter Behrens.[82]