Lenguas romances | origen y evolución de las lenguas romances

Origen y evolución de las lenguas romances

El proto-romance intuible a partir de la comparación lingüística de las lenguas romances difiere notablemente del latín literario clásico en su pronunciación, vocabulario y gramática. Existen diversas teorías sobre el origen de las lenguas romances:

Teorías sobre el origen y evolución de las lenguas romances

  • La teoría tradicional que conjetura que las lenguas romances proceden del llamado latín vulgar que sería evolución natural continua del latín clásico, cuyos rasgos aparecen definidos solo a partir de los siglos IV o V d. C. Se discute cual es la relación entre este latín vulgar y el latín clásico tanto en lo relativo al tiempo como a la extensión del fenómeno. Para algunos lingüistas, como Jakob Jud, Straka [Aclaración requerida] y Hall, [Aclaración requerida] se debe situar la fecha de la fragmentación en torno a los siglos II y III como consecuencia de un proceso evolutivo natural del latín, mientras que otros autores como Meillet, Schiaffini, Tragliavini y Vidos señalan que la fragmentación lingüística vendría asociada a la decadencia del poder político romano y en consecuencia en un momento más tardío. Por su parte Muller en 1929, basándose en un estudio lingüístico de los diplomas merovingios, reflejo —según él— de una auténtica lengua natural libre de artificios, llegó a la conclusión de que, efectivamente, el latín vulgar era una lengua uniforme hablada en toda la Romania hasta el siglo VIII, y que dicha unidad se mantuvo gracias a las relaciones interprovinciales hasta la caída del Imperio y a la institución de la Iglesia a partir de la invasión germánica, pues solo a raíz de la reforma carolingia y del triunfo del sistema feudal dejaron de actuar los influjos de las fuerzas unitivas de dicha lengua. Otros autores, como Gustav Gröber, Mohl, [Aclaración requerida] Pisani, [Aclaración requerida] Antonio Tovar, Heinrich Lausberg y Krepinski [Aclaración requerida] sostienen que la diversificación se encontraría ya en los mismos orígenes del latín. Los argumentos de estos autores están en la base de las teorías de diglosia absoluta que luego analizaremos. El principal problema de la teoría tradicional es la dificultad de explicar la evolución tan rápida de la lengua desde el latín clásico a las actuales lenguas y la relativa homogeneidad de las lenguas romances, particularmente en lo relativo al sistema preposicional frente a sistema de desinencias latino, el sistema de artículos o la práctica desaparición de la desinencia de género neutro salvo en rumano.
  • Teoría de los sustratos. Hacia 1881 el italiano Graziadio Isaia Ascoli elaboró la teoría según la cual la diferenciación entre las lenguas romances se debió a la preexistencia de diferentes sustratos que influenciaron el latín de las diferentes partes del Imperio. Este tipo de teorías presentan diversas variantes según la importancia que se dé a cada uno de los substratos lingüísticos. Así Ascoli destaca la importancia del sustrato céltico que explicaría fenómenos como el caso del sistema vigesimal de enumeración del cual hay un relicto lingüístico en el francés « quatre-vingts ». Entre estas teorías es muy destacable el estudio de la fonética anterior a las invasiones germánicas en la Romania occidental y de determinados procesos como la sonorización de las oclusivas. Maurer estudia el periodo que va del 500 al 1500, señalando como muy trascendente en este proceso las fuerzas unificadoras posteriores al hundimiento del imperio romano que son llevadas a cabo principalmente por la iglesia y el latín medieval.[2]
  • Teoría del superestrato. Otros autores, como Walther Von Wartburg estiman que el factor decisivo para la disgregación de la unidad lingüística latina se debería buscar en la disolución de la unidad política del Imperio llevada por las diversas estirpes germánicas. Los germánicos en efecto, prestaron servicio en el ejército romano durante siglos, por eso el contacto entre germánicos y romanos fue ininterrumpido, y esto se produce además en el momento más crítico para la unidad de la lengua. La irrupción de los distintos pueblos germánicos determinaría la actual composición de la lenguas romances, así el antiguo franco determinaría la aparición de las lenguas de oil, mientras que el visigótico determinaría la de las lenguas de oc y los distintos romances ibéricos. El superestrato burgundio se considera responsable de la formación del confín lingüístico entre el franco-provenzal y el provenzal en el territorio que comprende la parte sureste de Francia, la Suiza francesa y parte de los valles alpinos italianos. Mientras que el italiano lo sería a su vez del pueblo ostrogodo y en menor medida del lombardo lo que explicaría la proximidad y las divergencias con las lenguas de Oc. Para Morf sin embargo la distribución de la Romania tiene como base la correspondencia de los límites de las diócesis con los confines de las antiguas civitates romanas y, respectivamente de las provinciae, que también corresponden a la repartición originaria de las poblaciones prerromanas.
  • Teoría de la fragmentación y formación de los dominios lingüísticos. Propuesta por Menéndez Pidal en «Origen del español en relación a las lenguas iberromances» y desarrollada por Kurt Baldinger en la «Formación de los Dominios Lingüístico», se fundamenta en la tendencia a la dispersión lingüística como consecuencia del aislamiento de núcleos poblacionales, y la deriva propia de la lengua en relación a sus propias exigencias internas. Así en el caso de comunidades lingüísticas compactas la tendencia será la definición fonética al contraerse sobre sí mismas, mientras que en aquellas otras más expuestas, la tendencia será la receptividad a los cambios y la dispersión fonética. Según esta teoría la fragmentación del continuum lingüístico latino dio lugar a la formación de diversos universos-isla como consecuencia de la irrupción de dominios lingüísticos extraños como las invasiones árabes o germánicas o la recuperación de lenguas prerromanas como el vascuence.
  • Teoría del estructuralismo diacrónico. Las teorías estructuralistas pusieron de manifiesto una preponderancia absoluta de los procesos sincrónicos. Para estos autores no existe continuidad entre estados de lengua sucesivos, ya que un cambio no es sino una “emergencia o creación de situaciones culturales nuevas". Lo cierto es que si ya algunos autores como Max Weinrich intentaron aplicar los avances del estructuralismo para el entendimiento de la evolución de las lenguas romances,[3]​ habrá de esperarse a la década de los años setenta para abordar estos temas desde el punto de vista de la lingüística moderna. Entre estas modernas tendencias, el funcionalismo arbitró una concepción del problema más progresiva, admitiendo que la evolución de una lengua es una constante interacción entre el elemento aislado que cambia y el sistema que restringe y guía los cambios posibles, como señalaba Roman Jakobson “la diacronía coexiste en la sincronía” o, lo que es lo mismo, no es posible realizar una distinción tajante entre sincronía y diacronía. El cambio lingüístico no opera sobre el sistema en su totalidad, y ni siquiera sobre construcciones sintácticas completas, sino que actúa sobre partes mínimas o elementos aislados de este
  • Teoría la criollización afirma que las lenguas romances derivan de formas criollizadas del latín. Una variante de la teoría de substratos es la elaborada por Schlieben Lange y otros autores que han explicado este proceso como resultado de una integración parcial, a través del fenómeno de criollización observado en las lenguas modernas como el francés o el portugués.[6]​ En favor de esta hipótesis está el que muchos rasgos típicamente romances son sorprendentemente tempranos.
  • Teoría de la periodificación. La propuesta de Banniard combina, por una parte, una periodización basada en una cronología absoluta y de otra la teoría de las catástrofes, atendidos los cambios lingüísticos que pueden darse en situaciones extremas, como consecuencia de la necesidad que siente la comunidad lingüística de mantener la comunicación y el peligro de disgregación. Para este autor, la evolución natural de la lengua latina se vería sometida a una serie de fenómenos extraordinarios que ponen en riesgo la propia integridad de la comunidad lingüística, lo que da lugar a la aparición de una serie de soluciones que irrumpen en su evolución natural. A la luz de este enfoque metodológico y considerando el cambio lingüístico como catastrófico, establece la fragmentación del latín a las lenguas romances a través de etapas cronológicas absolutas, tres de latinidad y dos de romanidad.[7]
  • Teoría de la diglosia funcional. Para comprender las divergencias entre la lengua escrita y hablada así como la irrupción tardía de las lenguas romances en los documentos escritos Roger Wright sostiene la pervivencia de un convencionalismo gráfico que haría mantener las grafías clásicas ocultando la verdadera evolución de la lengua. Tal desviación de la norma dará lugar a que en un determinado momento histórico, aproximadamente durante el siglo y medio que va desde los Juramentos de Estrasburgo hasta el año 1000, se produzca una situación inestable de persistente monolingüismo, caracterizado, en el plano de la escritura, por la posibilidad de emplear tanto la ortografía tradicional como una nueva grafía de tipo fonético, y, en el plano de la lectura, por la posibilidad de leer los textos escritos, como según Wright se habrían leído siempre, es decir en vulgar, o en la nueva manera impuesta por la reforma, es decir en latín. Lo cierto, es que hacia el siglo X, se produce una diglosia real que impide la intelegibilidad de la lengua escrita. Este proceso dará lugar a la extensión de un superestrato de cultismos que no llega sin embargo a arraigar en la lengua y que determinará la irrupción definitiva en la escritura de las lenguas romances en el estado que hoy conocemos.[8]
  • La teoría de la diglosia absoluta. La imposibilidad de compatibilizar un sistema de desinencias con el sistema de casos presente en el latín clásico es la razón de ser de aquellas teorías que estiman que el conocido como latín vulgar no sería sino la consecuencia de un largo proceso de diglosia del latín propiamente dicho con hablas precedentes, pero sin que esta relación de subordinación llegase a sustituir los rasgos más originales de la lengua hablada. Dardel opina que las lenguas romances no descienden más que parcialmente del latín que conocemos por los textos. Dardel parte de la existencia de un latín hablado muy diferente del escrito en ciertos aspectos y que se puede reconstruir —gracias a la ayuda del método histórico-comparativo— con el nombre de protorromance. Dicha variedad del latín no es más que una parte de una lengua madre que debió haber existido en el origen de las hablas romances, pero que no podemos conocer por completo, ya que es sobre todo una lengua hablada. En el aspecto temporal, la lengua madre remonta al latín que se hablaba desde la fundación de Roma, pero el protorromance, por razones ligadas a la historia de Roma y al aislamiento de Cerdeña, no remonta probablemente más allá del primer siglo antes de nuestra era.[10]

Del latín clásico al latín vulgar

En la antigua Roma se presentaba diglosia: el latín de los textos literarios o sermo urbanus (o ‘discurso urbano’, es decir, refinado) se encontraba estancado por la gramática (como ya lo estaba el sánscrito en la misma época en India). Por lo tanto la lengua cotidiana no era el latín clásico sino una forma distinta aunque cercana, en un proceso de desarrollo más libre, el sermo plebeius (‘discurso plebeyo’). El sermo plebeius era la lengua cotidiana del pueblo llano, los comerciantes y los soldados y podemos identificarlo ampliamente con el latín vulgar, que nos es conocido sobre todo por citas indirectas y críticas pronunciadas por los hablantes de un latín literario, así como por numerosas inscripciones, registros, cuentas y otros textos corrientes, y por la evidencia deducible a partir de las lenguas románicas.

Primeras evidencias

Un testimonio importante del latín popular es el Satyricon de Petronio, una especie de “novela” escrita probablemente en el primer siglo de nuestra era que fue pasando por los entornos marginales de la sociedad romana. En ella, los personajes se expresan —según su categoría social— en una lengua más o menos próxima al arquetipo clásico.

Otra fuente importante de diglosia es el Appendix Probi,[11]​ una especie de compilación de "errores" frecuentes, recopilados por Marco Valerio Probo, que data del siglo III de nuestra era. Son estas formas, y no sus equivalentes en latín clásico, las que se encuentran en el origen de las palabras utilizadas en las lenguas romances.

Las “faltas” citadas por Probo siguen el modelo A non B, ‘[diga] A, no B’: por ejemplo, la corrección PASSIM NON PASSI (passim, no passi) o NVMQVAM NON NVMQVA ("numquam, no numqua"), que le dice al lector que la palabra se debe escribir con una -M al final, y que deja adivinar que esa -M final ya no se pronunciaba.

Algunas evidencias de construcciones de tipo romance en inscripciones latines populares son muy tempranas (muchas inscripciones en la Pompeya del 79 d. C.). Algunos autores han sostenido que las lenguas romances no proceden de la evolución usual del latín clásico, sino que estas podrían venir de versiones criollas de dicha lengua. Existen diversos argumentos:[6]

  • Algunas evidencias de construcciones gramaticales de tipo romance son muy tempranas, cuando muchos de los cambios fonéticos típicos de latín tardío aún no habían comenzado.
  • En muchas regiones el latín substituyó a lenguas como el celtíbero y el lepóntico tipológicamente similares al latín, sin embargo, el latín de esas regiones parece haber tenido desde muy temprano características tipológicas diferentes.
  • El latín contrasta con el griego clásico, si bien el griego moderno ha perdido muchas características de la lengua clásica el grado de retención parece más alto, incluso dialectos alejados de Grecia como el griego de la Magna Grecia (sur de Italia) que se remonta a la época clásica muestra una retención más alta que las lenguas románicas. Esto se habría debido a que el griego antiguo habría evolucionado sin criollización.
  • Las lenguas eslavas y en parte algunas las germánicas han retenido mucho más fácilmente la declinación en los últimos dos milenios aun cuando no existió una lengua culta.

La criollización del latín pudo compartir rasgos con la formación de otras lenguas criollas aparte del francés, el portugués, el holandés y el español. En los estadios iniciales, cuando había escasez de hablantes de la lengua colonizadora, las lenguas romances pudieron haberse propiciado en entornos multiétnicos, por el surgimiento de pidgins entre personas que hablaban lenguas diferentes bajo la misma administración. Solo a medida que el número de hablantes de latín aumentaba, el criollo latinizado se "relatinizaba" pero sin llegar a ser el latín clásico literario. La situación pudo haber sido diglósica, por lo que a pesar de que el uso de las formas arromanzadas de latín pudieron ser tempranas, la escritura lo reflejaba en pequeña medida, de la misma manera que las variedades criollas fueron ampliamente ignoradas hasta la independencia de las antiguas colonias.

Algunos de los principales cambios fonéticos registrados tanto en el Appéndix Probi como en otras inscripciones son:

  • La aparición de un sistema fonológico de vocales abiertas y cerradas con al menos 4 grados de abertura /i u; e o; ε ɔ; a/ (algunos autores postulan cinco grados de abertura al considerar también las vocales /ɪ ʊ/ como fonemas), a partir de un sistema basado en la cantidad vocálica (en posición átona este sistema se pudo reducir aún más a solo 3 grados de abertura, reducción que el español aplicó también a las vocales tónicas).
  • La reducción de algunos diptongos /au/ → /ou/ → /o/ (la reducción en /o/ no se dio ni en galaicoportugués ni en asturiano).
  • La síncopa o caída de vocales breves postónicas, como en los ejemplos recogidos por Probus: cálidacalda 'caliente', másculusmasclus 'macho', tábulatabla 'mesa, tablón', óculusoclus 'ojo'.