Fernando VII de España | la imagen del rey fernando ante sus súbditos

La imagen del rey Fernando ante sus súbditos

Retrato de Fernando VII pintado por Francisco de Goya en 1814 por encargo del Ayuntamiento de Santander. Así describe el cuadro el historiador Emilio La Parra López: «[Goya] lo presentó de cuerpo entero con el uniforme de coronel de guardias reales, apoyado sobre un pedestal en el que una figura femenina coronada con el laurel de la victoria, representación de España, acoge al monarca con los brazos abiertos. Es el rey deseado y necesario. En el pedestal están los atributos de la realeza (corona, cetro y manto) y al pie del rey, un león —símbolo de la monarquía— rompe con sus fauces en actitud fiera las cadenas con que Napoleón pretendió sujetarla».[nota 14]​.

Según el historiador Emilio La Parra López, «Fernando siempre fue querido por la generalidad de sus súbditos» que veían en él al «príncipe inocente y virtuoso», una imagen construida durante la Guerra de la Independencia por los «patriotas» que luchaban en su nombre contra Napoleón y contra la Monarquía de José I Bonaparte. De ahí el apodo de «el Deseado». «El ensalzamiento de Fernando VII constituyó el centro de la intensa actividad orientada a crear un ambiente de beligerancia generalizada, porque en el rey se simbolizó la agresión institucional perpetrada por el emperador francés. En consecuencia, Fernando fue presentado ante la opinión pública como lo opuesto al responsable de la crisis interna (Godoy) y al que pretendía cambiar la dinastía (el tirano Napoleón). Fernando encarnaba el Bien y los otros el Mal. A partir de ahí, se construyó una imagen fabulosa de Fernando VII». Esta imagen perduró tras su vuelta del «cautiverio» de Valençay incluso entre los liberales a los que persiguió con saña y, aunque su popularidad perdió fuerza progresivamente, al final del reinado aún despertaba el entusiasmo popular, como se demostró durante el viaje que realizó por Cataluña y el norte de España en 1827-1828 o con motivo de su matrimonio con María Cristina de Borbón, en 1830.[182]

Por lo tanto, la imagen de Fernando VII ante sus súbditos fue siempre la del valiente rey que se enfrentó al tirano Napoleón, negándose a renunciar a su corona durante los seis años de su cautiverio (mucho más amable del que los españoles pensaban). Esta heroica actitud, pese a ser completamente falsa (al fin y al cabo a Napoleón no le había costado nada obtener de Fernando su renuncia al trono en las abdicaciones de Bayona), parecía ser consecuente con la de «los patriotas» que luchaban en España contra los franceses, como si el joven rey pretendiera ser leal a la lealtad de sus súbditos. Pero lo cierto era que Fernando escribió numerosas veces a Napoleón felicitándolo por sus victorias en España e incluso llegando a pedirle que lo adoptara como hijo suyo.

Así pues, la Guerra de la Independencia sentó el mito del «rey deseado» que volvería a hacerse cargo de su sufrido reino si los españoles luchaban tenazmente por ello. Este mito, que perduraría durante todo su reinado, otorgó a Fernando VII una popularidad mucho mayor que la de cualquiera de sus antepasados, la cual se mantuvo en líneas generales inalterable hasta su muerte, pese a los desastres y la represión política que en otras circunstancias habrían bastado para defraudar las altas expectativas depositadas en él desde los tiempos de su enfrentamiento con Godoy y sus padres.