Corrida de toros

Cartel de 1900 anunciando una corrida de toros en Barcelona.
Desfile de cuadrillas o paseíllo que se celebra al inicio de cada festejo.

La corrida de toros es una fiesta[2]

Los actos que la comprenden se denominan lidiar y consisten en realizar por parte de los toreros —matadores de toros, banderilleros, picadores y subalternos— una serie de acciones denominadas suertes, estas acciones se desarrollan desde que el toro sale del toril hasta que se produce el arrastre. Al conjunto de suertes realizadas en la plaza se le denomina lidiar o torear, siendo el toreo el arte o habilidad de lidiar.[3]

Se desconoce el momento y el lugar preciso en el que se empiezan a correr los toros, las referencias documentales y artísticas de las mismas datan del siglo XI en Ávila donde se corrieron toros para celebrar una boda, y del siglo XIII en Zamora donde hubo una plaza para celebrar festejos taurinos según se describe en el Fuero de Zamora. Las corridas de toros como espectáculo moderno a pie, tuvieron su origen en España a finales del siglo XVIII.[6]

En una corrida de toros se lidian seis toros bravos o de lidia y participan en la misma los toreros junto con sus respectivas cuadrillas compuestas por banderilleros y picadores, en el caso de la lidia a pie, o por auxiliares cuando la lidia es de rejoneo. El ordenamiento jurídico de las mismas se rige por una serie de normas establecidas por ley en el Reglamento de Espectáculos Taurinos. En él se establecen, entre otras medidas, la de garantizar: la integridad de los toros, su trapío y edad, el indulto del mismo con el fin de mejorar las ganaderías; los derechos y deberes de los espectadores, las características de los útiles de torear o asegurar el nivel profesional de los toreros que intervienen en las corridas de toros, para ello todos los toreros tienen la obligación de estar inscritos en el Registro de Profesionales Taurinos gestionado por el Ministerio del Interior. La autoridad competente para garantizar el buen desarrollo y el cumplimiento del Reglamento de Espectáculos Taurinos en las corridas de toros es el Presidente de la plaza, este cargo recae sobre el Gobernador Civil provincial o sobre el Delegado del Gobierno según el caso, quien puede delegar en un funcionario de la escala superior o de la ejecutiva del Cuerpo Nacional de Policía con potestad sancionadora.[9]

Además de en España, las corridas de toros se celebran también en Portugal,[16]

Siguiendo la obra Los toros (El Cossío) del historiador taurino José María de Cossío, las corridas taurinas se clasifican, entre otros tipos, en corridas de toros, novilladas y becerradas según sea la categoría de los lidiadores y la edad y el trapío de la res.[18]

Orígenes e historia

Precedentes históricos

Cuadro atribuido al pintor flamenco Jacob van Laethem del séquito de Felipe el Hermoso, Castillo de la Follie, Ecaussines (Bélgica) titulado Corrida de toros en Benavente en honor de Felipe el Hermoso, realizado en 1506.

El origen de las corridas de toros es difícil de definir en cuanto a su procedencia exacta o el antecedente concreto que dio lugar a la misma, por un lado la pérdida de documentación a lo largo del tiempo ha dificultado las investigaciones llevadas a cabo por los historiadores; por otro lado la existencia de numerosos de vestigios relacionados tanto con el toro, como asociados con diferentes celebraciones, rituales o festividades taúricos con el toro como protagonista a lo largo y ancho del país, han dado origen a un amplio y variado número de estudios y publicaciones que avalan cada una de las teorías existentes.[20]

La tradición de correr toros tiene antecedentes en la cultura grecolatina, el primer mito táurico conocido en España es el del rey Gerión quien, según explica José María de Cossío: «... tuvo rebaños de toros y vacas en la península ibérica...» reses que pastaron junto al río Guadalquivir, en la Bética, donde unos siglos más tarde surgieron las primeras ganaderías y encastes de reses bravas andaluzas. Se tiene constancia de la aparición del toro en la Península Ibérica a través de las antiguas culturas como la de los tartessos, incluso hay algunos indicios que revelan el empleo del toro en la guerra, uno de los escasos testimonios al respecto fue encontrado en un relato de Polibio sobre las campañas bélicas del Ager Falernus llevadas a cabo por Aníbal en Falerno. El cartaginés se sirvió de mercenarios íberos acompañados por unos dos mil toros que portaban sarmientos encendidos sobre las cornamentas para abrirse camino entre las líneas enemigas. Sobre esta estrategia Diodoro manifestó que Amílcar Barca la había empleado en el desastre de Heliké —sobre 'Heliké' los historiadores discrepan sobre cual fue la ubicación de la antigua ciudad—, donde el general falleció. Siguiendo las explicaciones de José María Cossío, estos dos testimonios se asocian con el origen de algunos de los festejos celebrados todavía en España.[21]

Toro farnese 190-210 a.C.

Con el proceso de romanización, se introdujeron en Hispania parte de la cultura romana heredada de la griega, como los juegos y luchas de fieras, en las que el toro era un animal de frecuente, junto con osos, leones y seres humanos. Entre estos juegos se encontraron los saltos de toros con pértiga conocidos como contomonobolon un paralelismos con el salto de la garrocha, una forma de torear muy extendida durante el siglo XIX en España y que son un claro precedente de las corridas de toros, como se muestran en los grabados de la colección Tauromaquia de Francisco de Goya,[24]

Durante la ocupación visigoda y en los primeros tiempos del califato omeya, hay escasos testimonios sobre el origen de los espectáculos taurinos, sin embargo José María de Cossío en Los toros, volumen I menciona la persistencia de las corridas de toros y las lidias en etapas posteriores a los visigodos, que evidencian el arraigo de las costumbres y los festejos taurinos.[25]

Primeras corridas de toros siglo XII-XV

Documento de 1215 referente a los encierros de Cuéllar.

En el siglo XIII aparecieron los primeros testimonios sobre corridas de toros realizadas por caballeros alanceadores a caballo, asistidos por auxiliares o peones que intervenían en caso de peligro para realizar quites, estos peones asalariados, están considerados el antecedente de las cuadrillas de toreros que se establecieron completamente en el siglo XIX.[26]

Alfonso X de Castilla – Siete partidas, 1611 – BEIC 14162805

Hay noticias documentadas sobre fiestas de toros en Cuéllar (Segovia) en el año 1215, según indica Isaías Rodrigo Criado, escritos fechados en el siglo XII indican que se corrían reses en la ciudad, el documento detalla que la costumbre de correr toros fue objeto de negociación al estar prohibida por una disposición del obispo de Segovia en la cual se decretó: «que ningún clérigo juegue a los dados ni asista a juegos de toros, y sea suspendido si lo hiciera».[30]

siglo XVI

En los inicios del siglo XVI todavía se practicaba en las plazas el toreo caballeresco, precedente de las corridas de rejoneo. Este tipo de toreo realizado por los caballeros alanceadores evolucionó a finales del siglo XVI cuando surgió el uso de la suerte con el garrochón o rejón, empleado sobre todo a principios del siglo XVII. Durante este periodo era frecuente que los caballeros se entrenasen en torneos, justas o en otros juegos como el de correr la tela —ejercicio que consistía en pasear una tela sobre los estribos del caballo— cuyo objetivo era ejercitar al caballo y practicar la montura «a la brida» con el fin de adquirir destreza y entrenamiento militar. El entrenamiento consistía en enseñar al caballo a saltar hacia delante sobre las patas traseras, quedando las delanteras en el aire, mediante esta posición del caballo, denominada «la lanzada», los caballeros hacían que el toro fuese tras ellos siguiendo una lanza que el caballero colocaba delante de la testuz del animal, esta forma de torear es una de las suertes más antiguas del toreo a caballo. Posteriormente La suerte de «la lanzada» dio paso a la vara larga de torear, la combinación de ambas en el siglo XX continúa formando parte del rejoneo. Sobre la suerte de lancear al toro, José María de Cossío en El toreo, volumen I, cita a Pero Ponce de León (sic), hijo del marqués de Zahara como el posible inventor de dicha suerte descrita un tiempo después en el tratado de Vargas Machuca Teórica y ejercicios de la gineta. (sic.)[34]

En pleno renacimiento, en el año 1542, el futuro rey de España Felipe II realizó su primer viaje oficial con una visita a las ciudades de Zaragoza y Barcelona donde prestó juramento como príncipe, sin embargo el viaje no obtuvo la expectación esperada hasta la llegada a Barcelona donde fue recibido y homenajeado con luminarias, danzas, máscaras y juegos de toros, una costumbre catalana para recibir a monarcas o príncipes que visitaban la ciudad.[35]

Se escriben nuevas normas del toreo quedaron recogidas en el Tractado de la caualleria [sic] de la Gineta (sic) escrito por Fernando Chacón en 1551.[37]

Las Bulas papales

Concilio de Trento

El sínodo de Burgos de 1503 presidido por el obispo Pascual de Ampudia prohibió correr los toros por los cementerios y que los clérigos capeasen a los toros. En el de Sevilla de 1512 el arzobispo Diego de Deza en la constitución número XXII prohibió de nuevo a los clérigos ir a ver las corridas de toros bajo multa de veinte reales. El de Orense de 1539 o el de Oviedo de 1553, fueron sínodos en los que de nuevo se prohibió al clero la asistencia a las corridas de toros al considerarlas profanas sin que estos vetos surtieran efecto.[42]

La disputa con Roma duró varios años, en los que las corridas de toros seguían celebrándose en España, hasta que en 1575, con el nombramiento del Papa Gregorio XIII la prohibición se relaja viéndose obligado el pontífice ante la presión de Felipe II a moderar el decreto de su antecesor en el breve «Exponis nobis super» por el cual se excluyó de la excomunión a los laicos que presenciaran el espectáculo, reservando la sanción solo a los sacerdotes y religiosos.[44]

Si bien la iglesia católica fue quien más atacó las corridas de toros y demás espectáculos taurinos por considerarlos anticristianos, la presión no dio los frutos esperados pues también el clero se sirvió de los festejos taurinos para obtener beneficios económicos, siendo ellos mismos los organizadores y promotores de muchos de los festejos extraordinarios realizados con motivo de las canonizaciones de santos y Vírgenes, o de sacralización de iglesias sin olvidar las corridas ordinarias celebradas cada año durante las fiestas patronales, algunos de estos festejos taurinos llegaron a celebrarse en los patios de los claustros y conventos como sucedió en Portugal donde fue frecuente ver a Miguel I rejonear. Similar fue el caso de Isabel I de Castilla La Católica, quien no era partidaria de ver correr los toros, sin embargo sabedora de la afición de su séquito y sus seguidores no llegó prohibirlos alegando: «Propuse con toda determinación de nunca verlos en toda mi vida; y no digo prohibirlos, porque esto no era para mí a solas», viendo el riesgo que suponía para los lidiadores enfrentarse al toro ideó un sistema para enfundar o embolar las astas de las reses, sistema que también fue adoptado por Portugal.[45]

Siglo XVII

El siglo XVII, fue el más importante para el toreo, pues fue el momento en el que se afianzó el toreo a caballo y se hicieron más presentes las corridas de toros en fiestas y celebraciones reales en las ciudades españolas más importantes, entre las corridas celebradas destacar las de 1634 en honor del príncipe de Gales, futuro Carlos I de Inglaterra, cuyo hijo fue pretendiente de María Ana hermana de Felipe IV de España, o las celebradas en honor de Carlos II de España entre otras, sin que falten las fiestas populares locales ya con el despunte del toreo a pie. En estos festejos, que ya se realizaban en plazas cerradas, no solo participaron los nobles como caballeros alanceadores, sino también sus auxiliares que empezaban a tomar importancia como lidiadores a pie distanciándose del papel de auxiliares del caballero cuando este se veía obligado a realizar el empeño a pie. Los lidiadores a pie empezaban a practicar las suertes de lidiar, burlar, recortar o parchear al toro, un tipo de suerte que consiste en pegarle al toro una serie de parches de tela o de pergamino de colores embadurnados con pez (brea) o goma, colocados al cuarteo o al sesgo, con técnicas similares a las usadas en las suertes que los banderilleros desarrollaron un siglo después.[20]

Con el auge de las corridas de toros surgieron nuevos tratados sobre el toreo a caballo a modo de reglas o advertencias en las que se le indicaba al caballero como debía comportarse durante la lidia. Destacan los escritos de Luis de Trexo «Advertencias y obligaciones para torear con el rejón» (sic.) (1639), los «Exercicios de la Gineta (1643) de Gregorio de Tapia y Salcedo, las Reglas para torear» (sic.) (1652) de Juan Gaspar Enríquez de Cabrera, el Discurso de la caballería del torear (1653) de Pedro Mesía de la Cerda, el escrito por Alonso Gallo Gutiérrez en (1653) las «Advertencias para torear» o el más conocido de todos el Tratado de la brida y jineta y de las cavallerías que en entrambas sillas se hacen y enseñan a los cavallos y de las formas de torear a pie y a caballo» (sic.) conocido como Tratado de la brida y jineta escrito por Diego Ramírez de Haro. En estos tratados además se fijan algunas reglas que afectan también al público, a quien se le impulsa a asumir unas normas de comportamiento, con ellas el público empezó a evaluar la actuaciones de los toreros en las corridas de toros.[48]

Siglo XVIII

Pepe-hillo y el picador ortega
Pepe-Hillo, toreo del siglo XVIII, grabado de Francisco Goya.

Si en el siglo XVI el toreo lo desarrollaron los caballeros alanceadores medievales, el siglo XVII fue el auge del rejoneo y el siglo XVIII el pueblo tras el abandono de la nobleza, hizo suyas las corridas de toros. A partir de este momento las corridas de toros apuntaban hacia una serie de novedades en su práctica que determinaron la estructura de las corridas de toros modernas, una de las novedades fue la figura del varilarguero. El toreo a pie sustituye al de a caballo definitivamente y el protagonismo se traslada desde el caballero hacia el torero; la aristocracia abandona su participación en las corridas de toros para dejar paso a las costumbres del pueblo; en este periodo se afianzan los toreros profesionales. Se tiene constancia de las ganaderías bravas como tales, aunque sus inicios datan al menos de los dos siglos anteriores como es el caso de la del Raso del Portillo, la vacada de Felipe IV o la de Blas Jijón entre otras. Se comienzan a seleccionar los toros para la lidia, ante el creciente prestigio de algunas ganaderías surgen las preferencias para presentar corridas de toros de determinadas reses o castas, también se diferencian las preferencias de toreros sobre un determinado temperamento o características del toro de lidia al tiempo que se empiezan a rechazar los que no reúnen las condiciones para ser lidiados, un ejemplo de ello sería la reacción contraria a lidiar reses de la ganadería Piñeiro (Salamanca) dada la peligrosidad que sus reses mostraron en Valladolid en 1768, o las procedentes de casta navarra. A consecuencia de estas preferencias, las divisas que diferenciaban a las ganaderías empezaron a ser privativas de cada una de ellas, así como unas marcas en la res que distinguía aquellas ganaderías con más de cien vacas de vientre. Durante el XVIII se construyen las primeras plazas de toros fijas como edificios permanentes destinadas a celebrar festejos taurinos. Se escribieron las primeras tauromaquias, que fijan la técnica y las normas del toreo, y van definiendo el orden de la lidia moderna, ejemplo de estas obras son las de José Daza, Pepe-Hillo o Francisco Montes Paquiro.[50]

Entre 1704 y 1725 Felipe V veta la celebración de corridas de toros en Madrid e impuso el estilo de montar «a la brida» para sustituir el estilo «a la jineta» la forma de montar más característica de los caballeros españoles desde el siglo XVII, esta decisión dificultó seriamente la práctica del toreo a caballo ya que esta modalidad de monta limitó el movimiento para lidiar del rejoneador. Las medidas impuestas por el monarca a sus cortesanos acarrearon que los toreros que les auxiliaban, al no contar con los medios necesarios para seguir con la fiesta, empezaran a torear por su cuenta en las ciudades más importantes hasta convertirse en los nuevos protagonistas de las corridas de toros. [45]

En 1754 hasta 1759 con Fernando VI impuso nuevos vetos a las corridas de toros a excepción de la celebración de festejos benéficos que no fueron prohibidos. En 1768 a iniciativa del conde de Aranda en el Consejo de Castilla surge una nueva propuesta de veto basada en el perjuicio económico que generaba el sacrificio de las reses para el país; Francisco de Mata Linares, también consejero, se opuso a dicho veto alegando que el empleo de toros al año aportaba un importante beneficio económico sobre todo en las zonas de Salamanca y Ciudad Rodrigo donde se producía un importante número de cabezas bravas aparte de las de tiro, beneficiando por tanto a ganaderos y a agricultores, afirmando que la crianza de toros para la lidia eran importante para la economía. El intento quedó parado.[55]

Con Carlos III, preocupado por la opinión de los extranjeros sobre las corridas de toros, se dictó un decreto en 1785 para prohibir las corridas de toros, este no fue aceptado por la sociedad que continuó con las celebraciones en las zonas rurales de Sevilla.[56]

El varilarguero y el picador

El picador en la Maestranza, Sevilla

El varilarguero surgió en el siglo XVII como una figura de transición entre los rejoneadores medievales y los toreros de a pie. Tras el abandono de las plazas de toros por parte de los nobles, los varilargueros ocuparon la posición de estos en las corridas de toros, al timepo que gozaban de una mayor importancia sobre el torero de a pie; este hecho les permitió adquirir el papel de directores de la lidia. Este papel tuvo gran importancia ya que causó las rivalidades que hicieron evolucionar el concepto de las corridas de toros y de la lidia que cristalizaron en siglo XIX. El varilarguero no seguía las reglas establecidas para el rejoneo, pues en lugar de emplear la lanza empleaban la vara larga o garrocha, cambió el estribo de la monta a la jineta, por un estribo más largo tal y como había definido Felipe V en 1704. El varilarguero duró un siglo hasta que apareció el picador, estas dos figuras no eran la misma, ni una deriva de la otra. Las diferencias entre ambos estriba por una lado en la propiedad de los caballos, los picadores no emplearon caballos de su propiedad hasta bastante tiempo después, mientras que el varilarguero sí era el propietario de la cuadra; tuvieron funciones distintas, por un lado el varilarguero realizaba suertes al encuentro, mientras que las suertes realizadas por el picador se basaban en el cite al toro. Según José Daza en su obra de 1778 Detalles de: Precisos manejos y progresos condonados en dos tomos del más forzoso peculiar del arte de la agricultura que lo es del toreo privativo de los españoles... el cambio del varilarguero al picador derivó del alargamiento en la duración de las corridas de toros consecuencia del auge de la lidia a pie, sin embargo este no se produjo definitivamente hasta el siglo XIX.[59]

Toreros profesionales

La plaza de toros de la Puerta de Alcalá en 1853, que con el título de La Plaza partida pintó Eugenio Lucas. Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba.

A lo largo del siglo XVIII se van estableciendo todos los elementos de las corridas de toros modernas. Se impone en este periodo el gusto por las corridas de toros de toreo a pie, se definen las figuras de los matadores de toros, banderilleros y picadores profesionales. Estos auxiliares empezaron a destacar por la destreza en el ruedo, razón por la cual fueron apadrinados por los rejoneadores, más tarde los fueron sustituyendo en la lidia. Es difícil definir cual de todos los nuevos matadores de toros fue el primero en surgir, pues es un hecho que se da en diferentes regiones y en un periodo de tiempo amplio, según Natalio Rivas podrían ser los hermanos Pedro, Félix y Juan Palomo o , quien inauguró la Plaza de toros de la Puerta de Alcalá[61]

Nuevo concepto de Corrida de toros

En Andalucía prevalecía la tradición de torear a caballo, y sobre esta idea se organizaban las corridas de toros, practicado y fomentado por las Reales Maestranzas de Caballería; mientras que en el resto de la península y área pirenaica se prefería otro estilo de correr los toros con Navarra a la cabeza por ser la que organizaba las corridas de toros en toda la península y en la Corte. Destacan las corridas de toros organizadas en Pamplona, y las de Bayona por tener entonces unos matices diferentes en cuanto a su desarrollo en los recortes, quiebros y el toreo con capa. Sin embargo es en Sevilla donde surgieron las bases de la organización de la lidia que dio estructuró las corridas de toros modernas tal y como han llegado al siglo XXI. Todos estos nuevos preceptos sobre las corridas de toros y las suertes fueron recogidos en la Cartilla, una obra anónima que permite el estudio de las mismas en el siglo XVIII, reproducido por Eugenio García Baragaña en 1750 en la obra titulada Noche phantastica ... que demuestra el methodo de torear a pie.[63]

Costillares.png
Costillares

A finales del siglo, Juan Romero, hijo del torero Francisco Romero, impone el nuevo concepto de cuadrillas que posteriormente perfecciona Joaquín Rodríguez Costillares y fija el torero Francisco Montes Paquiro en el siglo XIX. Hasta ese momento los toreros se limitaban a reunirse de forma ocasional y en igualdad de rango o categoría. Juan Romero es el primer estoqueador que formalizó un contrato firmado figurando como director de una cuadrilla organizada para actuar en una corrida de toros celebrada en Madrid. Estas cuadrillas contaban con las figuras del chulo o peón auxiliar en el ruedo, picadores y peones que colocaban rehiletes —antigua banderilla— y los varilargueros, todos ellos a las órdenes del matador de toros.[61]

Afianzado el estilo del toreo y la organización de la lidia, las corridas de toros inician la reforma técnica que le dará su forma definitiva, aparecen las suertes de torear de la mano del torero Joaquín Rodríguez Costillares, quien perfeccionó el lance de capa a la verónica y la suerte de matar a volapié, fundamental para poder dar muerte al toro que no acudía al cite del torero, una novedad en la suerte pues es el propio torero él que acude hacia el toro. El volapié fue mejorado más tarde por José Delgado Pepe-Hillo quien aportó además el capeo de frente y por detrás, mejoras que describió con detalle en la obra Tauromaquia —dicha obra fue dictada por el torero—, junto con la forma de torear y las bases de las suertes de capa y muleta; aportó también la forma de realizar dichas suertes según el tipo de astado lidiado. Junto a estas suertes surgieron las suertes de banderillas.[65]

Por último con las diferentes mejoras e innovaciones introducidas tanto en los conceptos de la lidia, en el orden de la misma como en la profesionalización de los toreros, una vez decantado el estilo de la lidia en favor de la idea andaluza en el que se fundieron los dos tipos de toreo indicados, el pirenaico y el andaluz, el estilo de las celebraciones de los festejos tomó la forma definitiva unificándose en toda la península bajo una forma única de celebrar las corridas de toros.[68]

Siglo XIX

El riojano Juanito Apiñani R., retratado por Goya en la serie La Tauromaquia, saltando con garrocha por encima del toro en la antigua plaza de Madrid.
Retrato del torero Pedro Romero de Francisco de Goya
1893-10-08, La Gran Vía, Una larga de Guerrita

En el siglo XIX tras los intentos fallidos de Carlos III de vetar las corridas de toros, nuevas solicitudes de exención sumadas a las disputas sobre el decreto de 1785 hicieron que Carlos IV el 10 de febrero de 1805 mediante Real Pragmática prohibiese las corridas de toros y los festejos taurinos en todo el reino a instancias del conde de Montarco, gobernador del Consejo, alegando los perjuicios que los toros bravos causaban a la agricultura.[73]

La prohibición de 1805 sería levantada por José I Bonaparte en 1811, que prefirió ganarse el favor del pueblo volviendo a autorizar las corridas de toros, con lo que auspició varios festejos con motivo de su proclamación, estos se celebraron en Madrid los días 27 y 30 de julio de 1808.[56]

A partir de este momento las corridas de toros fueron un instrumento político, así se organizaban las funciones reales, o se realizaban para conmemorar proclamaciones como la Constitución de 1812, o como instrumento para expresar el patriotismo o el anti patriotismo según fueran las corridas de toros autorizadas o prohibidas en uno u otro caso. En este sentido las corridas de toros formaron parte de las Cortes de Cádiz cuando el diputado por Cataluña y Secretario de la Real Academia de la Historia Antonio de Capmany defendió con uno de sus discursos[76]

Una de las consecuencias de la decadencia de principios de siglo fue la creación de la Escuela de Tauromaquia de Sevilla impulsada por Fernando VIII para ensalzar las corridas de toros. El centro tuvo carácter docente donde fueron instruidos los nuevos toreros en el arte de torear, dirigidos por diestros consolidados como Juan Manuel Arjona o Pedro Romero. Fundada el 28 de mayo de 1830 de ella surgieron toreros importantes como Francisco Montes Paquiro,[79]

Después de Cúchares vino Antonio Carmona el Gordito, banderillero y torero, quien dio cohesión y una estructura completa a la lidia, a él se le debe la integración del tercio de banderillas. La novedad más destacada de Antonio Carmona el Gordito fue sin dudas la invención del quiebro de frente a la hora de colocar las banderillas a cuerpo limpio, una evolución sobre la manera ya conocida de la suerte al cuarteo a la media vuelta, empleada en Sevilla en 1858; una suerte que constituyó una incorporación importante por parte del Gordito. Con esta aportación la división de la lidia se hace patente al ser incorporada la suerte de banderillas ya completamente definida, a falta de las modificaciones sobre el tercio de varas que se incorporaron en el siglo XX.[81]

Con Rafael Molina, Lagartijo, discípulo de el Gordito, el toreo que se observa en las corridas de toros adquirió el concepto artístico en el que primó la estética, la armonía del movimiento del torero y del toro en un solo conjunto en el que se acompasan la embestida y el movimiento del capote o la muleta que dieron lugar al temple. Salvador Sánchez Frascuelo, rival de Lagartijo en los ruedos, aportó un concepto diferente del valor tal y como era conocido, aplicado tanto al toreo como a la ejecución de la suerte de matar recibiendo —'matar recibiendo' es cuando es el toro el que va hacia el torero que permanece quieto a la espera—.[83]

Las corridas de toros y la lidia con Rafael Guerra Guerrita, experimentaron un cambio definitivo materializado en la perfección en la ejecución de las suertes y en el dominio del torero sobre el toro. Guerrita en la última década del siglo XIX aporta el espectáculo que el aficionado quiere ver en la plaza de toros. Ordenó la labor de los picadores en el ruedo y afianzó las bases de las corridas de toros al introducir el concepto del torero completo que se desarrolla en los tres tercios de la lidia, logrando un dominio absoluto de la fiesta al dotar a las corridas de toros su valor definitivo.[84]

Siglo XX

Corrida de toros en la plaza de 'El Txofre', Manolete

Tras el dominio de Guerrita, retirado en 1899, se abrió un periodo de transición durante la primera década del siglo XX, con nombres como Antonio Fuentes, mencionado por Guerrita en la célebre cita en la que alude al toreo de Fuentes: «después de mí naide... después de naide, Fuentes [sic]»;[88]

Las corridas de toros siguieron celebrándose a pesar de los anteriores intento de prohibirlas, con diferentes razones y auspiciadas por diferentes entidades así en 1921 es Cruz Roja quien organiza en diferentes ciudades varios festejos taurinos denominados patrióticos y otros eventos para recaudar fondos en beneficio de las víctimas y afectados por la Guerra del Rif.[91]

Ignacio Sánchez Mejías fue un punto y aparte, con él hay un después de las corridas de toros, es decir una vida fuera de las plazas de toros que traspasó a la sociedad intelectual del siglo XX. Ganaderos, escritores y poetas se interesaron por el toreo y a los toreros con otra perspectiva que le otorgó un carácter atractivo para los círculos sociales. La presencia de Sánchez Mejías en tertulias y eventos sociales coloca a las corridas de toros como referencia intelectual, donde autores de la talla de Federico García Lorca centraron el foco de parte de sus obras. Así queda unida a la cultura española formando un vínculo que dio lo destacadas obras en la prosa y la poesía de la generación del 27.[94]

Finalizada la Guerra Civil Española resurgieron las corridas de toros gracias a la figura de Manolete, el torero más completo en la historia taurina, aporta la quietud, es decir con los pies quitos, sin moverlos trasladando la acción de la lidia al movimiento de los brazos; el mando del torero sobre el toro, es decir es el torero quien guía al toro con la muleta; y la ligazón con la que une un pase de muleta con el siguiente haciendo una faena continuada. Esta época se cierra con el fallecimiento en el ruedo del diestro en la tragedia de Linares.[97]

El Cordobés toreando con muleta (1970)

En los años cincuenta Manuel Benítez El Cordobés lleva a las masas a las corridas de toros e introdujo la heterodoxia o la disconformidad hacia la tradición conservadora de las corridas de toros, una reivindicación que consistió en alejarse de la influencia de la industria taurina que controlaba los contratos de los actuantes en las plazas entre otras cuestiones, a esta reivindicación se le unió Palomo Linares en el conocido por el año de los guerrilleros. La protesta llevada a cabo por ambos diestros consistió en actuar solo en plazas de segunda y tercera categoría alejadas de dicha industria. Ante la actitud de los dos toreros se elaboró en 1962 un nuevo reglamento taurino para las corridas de toros y se designó que los toros de lidia los aportaran ganaderías pertenecientes al Grupo de Criadores de Toros de Lidia , quedaron además establecidas las condiciones de peso y edad de las reses. [100]

Curro Vázquez (1970)

Las décadas de los setenta y los ochenta fueron las de mayor expansión comercial y auge llegando a celebrarse un elevado número de corridas incluso en el Astrodome de Houston donde hizo el paseíllo El Cordobés y un matador estadounidense, John Fulton.[105]

La siguiente década, la de los noventa, fue un periodo también intenso en cuanto a número de corridas celebradas, incluso toreros de escalafón llegaron a torear en corridas de toros celebradas en plazas portátiles, las masas acuden a las plazas, se abandona la ortodoxia del toreo para buscar complacer al espectador desviándose de la pureza que se había visto hasta entonces en las corridas de toros, se busca más la eficacia que la belleza. Destacaron toreros como, el colombiano César Rincón, con un total de cinco puertas grande en Madrid o Enrique Ponce quien toreó ciento cincuenta y tres festejos superando el número de corridas de toros lidiadas por el Cordobés, ciento veintiuna.[108]

Tras varios años sin percances mortales, varios toreros que perdieron la vida en los ruedos en el siglo XX, entre ellos José Mata, José Falcón, Francisco Rivera Paquirri y José Cubero Yiyo.[109]

Siglo XXI

En la primera década del siglo las corridas de toros mantuvieron el impulso de la década anterior. En la segunda década la situación socio política española se reflejó también en las corridas de toros mostrando el desencanto de una parte del aficionado ante la falta de emoción de las corridas de toros, en contrapunto se produce un aumento de los alumnos de las escuelas taurinas. Las corridas de toros regresaron al debate social con opiniones contrarias a las mismas impulsadas por movimientos socio políticos encaminados a prohibir los festejos taurinos tanto en España como en otros países, al mismo tiempo en respuesta a estos movimientos aparecen otros basados en la defensa de las corridas de toros y de la tauromaquia.[112]